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Published on junio 12th, 2015 | by Felipe Maldonado

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Los 10.000 del soplao en primera persona

Sábado 23 de Mayo de 2015. Son las 06:00h AM, abro los ojos y mi sueño ha terminado. El sueño que me ha acompañado cada noche desde hace más de seis meses.

Estoy en Comillas, un municipio de la comunidad autónoma de Cantabria, a tan solo unos pocos kilómetros de Cabezón de la Sal. Sin duda un lugar al que volveré, porque cuando te enamoras, es tu corazón quién toma las decisiones por ti, y seguro que estas acaban llevándote al lugar donde te enamoraste.

Comillas, Cantabria.

Ha sido una noche especial, me ha recordado a cuando era niño y me iba a la cama la noche de reyes. Era difícil coger el sueño y era el único día que madrugaba más que el sol.

Desayuno y reviso que llevo todo lo que necesito pues, por suerte, los nervios no me hacen perder el apetito. En una hora salgo rumbo a Cabezón de la Sal.

Como era de esperar, no soy ni mucho menos el primero. El pueblo ya está lleno de coches y gente, pero sobre todo lleno de ciclistas cargados de ilusión. Mis ojos brillan casi más que los primeros rayos de sol, busco un aparcamiento y me preparo para ir a la salida.

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Estoy en la salida y ahora toca disfrutar. He trabajado mucho para estar aquí, el viaje no es barato, el ciclismo tampoco lo es y la bicicleta no se mueve sola. ¡Hay que pedalear!

La gente empieza a moverse muy lentamente, tan lento que no puedo subirme a la bicicleta. Caminamos unos metros y se abren los primeros huecos, ahora sí, ¡arriba!. Mi desafío está en marcha. Quedan 162 kilómetros y 4.800 metros de desnivel positivo.

Es tal la emoción que mis pulsaciones se disparan, mi corazón late a casi 180 pulsaciones. Los primeros metros son complicados. Somos muchos en muy poco espacio así que caerse es muy fácil.

Como era de esperar, en las primeras subidas y en los primeros sitios complicados se forman atascos. Hay que bajarse de la bici y caminar o incluso pararse. Por suerte esto será solo al principio. Apenas pasamos las primeras subidas el grupo se estira y podemos rodar sin complicaciones.

Casi sin darme cuenta llegué al primer avituallamiento en el kilómetro 30. Para mi todo era nuevo, así que eran muchas las preguntas que rondaban por mi cabeza. ¿Qué debo hacer? ¿Hay que hacer cola? ¿Dónde dejo la bici? ¿cuánto tiempo puedo parar?. Al final simplemente me guié por mi intuición.

Como hacía la carrera solo, me metí en el avituallamiento con la bici puesta, cogí todo lo que pude, comí en tres minutos y adelante.

Ahora tocaba una bajada, la bajada de Celis. Después la subida al Monte AA y a continuación el punto clave de la prueba, la subida de El Moral.

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Esta subida es clave porque es muy larga y puede hacer que falle la cabeza, aunque tengamos bien las piernas. Pero, desafortunadamente, éste no era mi caso. Mi cabeza y mi corazón seguían tirando pero las piernas me decían basta sobre el kilómetro 65 aproximadamente.

¿Como haces 100 kilómetros cuando ya no puedes más?

Kilómetro 65, 14:30h. Me he parado en un lateral de la carretera y la gente comienza a pasarme. Veo como me adelanta gente que yo había dejado atrás antes hace algunos kilómetros. Algo no va bien, los dos meses que he pasado sin entrenar me están pasando factura ahora.

Mi piernas están bloqueadas, no pueden seguir pedaleando. Mi corazón acelerado por la emoción y por el esfuerzo, también está agotado. Las palabras “ infierno Cántabro” comenzaban a cobrar todo el sentido.

“Felipe, lo has intentado. Esto es demasiado duro para hacerlo sin entrenar en serio. El año que viene puedes volver en mejor estado e intentarlo de nuevo.”

Esto decía mi cabeza cuando estaba en el lateral de la carretera. Bajado de la bicicleta, sentado y mirando al suelo porque no tenía fuerzas ni para mantener la mirada perdida en el horizonte.

Uno, dos, tres, cuatro y hasta casi cinco minutos me mantuve en esa postura. Repitiendo lo mismo una y otra vez, hasta que mi corazón se interpuso y rompió ese bucle en el que me había hundido y recordé una frase que yo mismo me había dicho durante los meses de entrenamiento:

“Que sea mi corazón y mi mente, los que tiren de mi cuerpo exhausto cuando este quiera abandonar”.

Me levanté, me subí a la bici y comencé a pedalear. Era un ritmo muy lento, pero al menos me movía. Quedarme sentado y lamentándome no me haría avanzar ni un centímetro.

El primer corte de tiempo era a las 16:00h. Debía llegar al kilómetro 83 para pasar el corte y luego ya veríamos.

Objetivo conseguido, pasamos el corte sobre las 15:30h. Ahora podemos relajarnos y tirar dosificando las poquísimas fuerzas que tenemos y quizás lleguemos a meta. Descanso unos 30 minutos en un terreno llano con bastante sombra y un avituallamiento. Ahora estoy algo más animado y me digo a mí mismo que si llego al kilómetro 100 sacaré mi ipod de la mochila y seguiré al ritmo de la música.

Pasado el avituallamiento me queda una subida de 16 kilómetros, llegando hasta el alto de Fuentes, donde podré volver a llenar los bidones de powerade y agua. Esta subida se hace durísima. Tengo que pararme en algunos momentos porque las piernas están ya muy rotas, incluso llego a caminar durante algunos tramos.

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Tras varias horas de subida por fin llego al avituallamiento líquido y, mientras me llenan los bidones de powerade y agua, pregunto en qué kilómetro está el próximo corte de tiempo.

“En el kilómetro 128, ahora viene una bajada larga, después haces una pequeña subida y llegas. Si llegas hasta allí en tiempo, tienes el soplao casi listo.”

¡Bien! Esa respuesta me anima y encima toca bajada. Para no perder tiempo, puesto que no me sobra ni un minuto, dejo mi ipod en la mochila y me digo a mí mismo que lo sacaré cuando pase el corte de las 21:00h.

Llegan las 20:35h y, a falta de 5 kilómetros para llegar al punto de corte, me encuentro dentro de un grupo de unas 12 personas. Varios somos los que damos el aviso al resto de compañeros:

“Tenemos que apretar o nos quedamos fuera. Si llegamos tenemos el soplao hecho.”

A pesar de estar ya bastante desgastado, subo el ritmo e incluso llego a tirar del grupo en algún momento. Terminamos la pequeña subida que estábamos haciendo y cogemos la bajada mirando el reloj. Pedaleamos como si la meta estuviera tras la próxima curva. Llego en paralelo con un compañero, pasamos el corte a las 20:50h. Ahora sí, el soplao puede ser una realidad.

Pasado el corte, llegamos al último avituallamiento. El desgaste aquí es ya bastante notorio en la mayoría de las caras que veo. Pero también se puede notar en el ambiente un aire de positivismo. Si has llegado hasta aquí tienes el soplao muy cerca. Queda una subida de 7 kilómetros durísima por el desnivel y porque ya arrastras bastantes subidas en las piernas.

No paro casi nada en el avituallamiento y la emoción de poder terminar está tirando de mi. La meta cierra a las 00:00h y quiero llegar. Subo unos metros y al pasar la primera curva encuentro una fila de compañeros subiendo a pie. La rampa es bastante inclinada y las fuerzas a estas alturas prácticamente no existen. Me pongo en fila y a tirar, tirar y tirar hasta llegar arriba.

Subiendo este puerto cae la noche, así que hay que montar el foco. Las prisas por llegar y el cansancio me la juegan. El foco no queda del todo bien anclado al manillar y casi me cuesta la carrera.

A falta de dos kilómetros para culminar la subida vuelvo a montarme en la bici, pues la pendiente ya no es tan pronunciada. El foco cumple con su función y puedo continuar en plena noche sin problemas. Cuando llegamos a la bajada, las irregularidades típicas de un camino de montaña hacen que la bicicleta vibre mucho, lo que provoca que el foco se mueva.

Durante unos interminables segundos estoy bajando a unos 30km/h guiado únicamente por las estrellas, y después de esto, puedo decir con criterio que las estrellas no iluminan mi camino. Sin pensarlo me la juego y suelto un brazo del manillar para colocar el foco correctamente y, de nuevo la diosa fortuna me acompaña.

Justo cuando el foco alumbra el camino y vuelvo a tener visibilidad, me encuentro con una encantadora vaca cruzada en la carretera. Ahora sí tengo que frenar con fuerza y rezar para que los compañeros que me siguen no me pasen por encima.

Una vez más la suerte está de mi lado, y todo queda en un gracioso susto que no olvidaré.

La bajada llega por fin a la ansiada carretera de asfalto. Ansiada porque esto me dice que ya estoy a tan solo unos seis kilómetros de meta aproximadamente. El soplao es ya una realidad. Miro mi reloj y veo que tengo margen de tiempo, es ahora cuando me digo a mi mismo:

“Lo has conseguido, el Infierno Cántabro ha podido con tus piernas y con tus brazos pero no con tu corazón”.

Mis ojos vidriosos y mi piel erizada me hacen saber que se está grabando en mi mente un recuerdo inolvidable. Un momento que me hará inmensamente rico. Ahora tengo algo que no se puede comprar con dinero.

Los últimos kilómetros hasta la meta secan mis lágrimas. Mi entrada en ella significa el fin de un sueño y el inicio del siguiente.

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Sobre el autor

Felipe Maldonado

Desarrollador web apasionado del deporte. La bici y la montaña colorean mi vida. Devolvamos a la vida lo que nos ha dado.



3 Responses to Los 10.000 del soplao en primera persona

  1. Ceci says:

    SI LO PUEDES SOÑAR, LO PUEDES LOGRAR!!Y eso es lo que hiciste tu Felipe. Es imposible leer este articulo y que no se te erice la piel. Gracias una vez más por compartir todos esos Kilómetros con nosotros. Un abrazo.

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